San Juan Eudes Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu Nombre original: Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu Traducción: Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Presidente del Consejo de Fundadores P. Diego Jaramillo Cuartas, CJM Rector General Corporación Universitaria Minuto de Dios – UNIMINUTO P. Harold Castilla Devoz, CJM Subdirectora Centro Editorial Rocío del Pilar Montoya Chacón Rector UNIMINUTO Virtual Dr. Javier Arango Facultad de Estudios Bíblicos, Pastorales y de Espiritualidad P. Fidel Oñoro Consuegra, CJM Unidad Eudista de Espiritualidad P. Geovanny Felipe Colorado González, CJM Esta obra se edita con el aval de la Congregación de Jesús y María – Padres Eudistas. General de la Congregación de Jesús y María P. Jean Michel Amouriaux, CJM Diseño y Diagramación Mauricio Salamanca Impresión Editorial Minuto de Dios Corporación Centro Carismático Minuto de Dios Corporación Universitaria Minuto de Dios - UNIMINUTO Calle 81 B # 72 B - 70 Bogotá D.C. - Colombia Segunda edición en español ® Reservados todos los derechos de esta edición a la Corporación Universitaria Minuto de Dios -UNIMINUTO y la Congregación de Jesús y María. La reproducción parcial de esta obra, en cualquier medio, incluido electrónico, solamente puede realizarse con permiso expreso de los editores y cuando las copias no sean usadas para fines comerciales. Los textos son responsabilidad del autor y no comprometen la opinión de UNIMINUTO. Provincial Minuto de Dios P. Germán Gándara Ricardo, CJM Editio Princeps: San Juan Eudes Oeuvres Complètes II Traductor P. Álvaro Duarte Torres, CJM Revisores: P. Jean Michel Amouriaux, CJM P. Geovanny Felipe Colorado González, CJM https://tinyurl.com/bib101557 Contenido Presentación...................................................................................................................5 Primer coloquio Favores que Dios nos ha hecho, favores desde antes de nuestra creación y desde toda la eternidad, y lo que debemos darle por esto.............13 Segundo coloquio Favores recibidos de Dios, por nuestra creación y relación, y obligaciones nuestras en cuanto seres humanos..........................................................17 Tercer coloquio Dignidad y santidad de nuestro fin...............................................................................21 Cuarto coloquio Obligaciones con Dios por la creación y por la conservación del mundo......................25 Quinto coloquio Cualidades de Dios con el hombre, en contexto de la creación.....................................31 Sexto coloquio Derechos de Dios sobre el hombre, consecuencia de la creación...................................35 Séptimo coloquio Deberes que el hombre está obligado a cumplir con Dios debido a los derechos precedentes..................................................................39 Octavo coloquiio Obligaciones íntimas de servir, honrar, amar, e imitar a Dios, por todo lo que él es en sí mismo......................................................................45 Noveno coloquio Obligaciones con Dios como cristianos, y qué es ser cristianos.....................................51 Décimo coloquio Cosas grandes y maravillosas que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, han realizado para hacernos cristianos...............................................55 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu Undécimo coloquio Por el bautismo fuimos hechos cristianos......................................................................59 Duodécimo coloquio El Bautismo es un convenio y una alianza admirable del hombre con Dios...................65 MEDITACIÓN Elección de una condición............................................................................................71 5 Presentación En 1662, Juan Eudes recibió la aprobación de los teólogos para publicar dos nuevos escritos: las Meditaciones sobre la humildad y los Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios. Ambos opúsculos fueron escritos para formar un todo y Juan Eudes recomienda que se editen juntos, de modo que formen una nueva parte de su libro principal, la octava y última parte de La vida y el Reino de Jesús en las almas cristianas. El proyecto está claramente definido en la introducción de la reedición de 1670: «Mi querido lector, si le gusta este libro, hasta el punto de recomendarlo a otros, hará un acto de caridad al advertirles que compren la de París, la nueva y última edición, y no la de Ruan, porque la edición de París es mucho más correcta, ya que contiene varias cosas muy importantes y útiles que he añadido en esta edición, especialmente en la primera y la sexta parte de este libro, que no se encuentran en las impresas en otros lugares y sin privilegio del Rey, así como en la octava parte, que ha sido ampliada”. Así, desde su publicación, los Coloquios interiores se insertan en Vida y Reino. Sin embargo, en la edición de las Obras Completas, de principios del siglo XX, con motivo de la beatificación del padre Juan Eudes, el padre Charles Lebrun las publicó por separado, en un volumen independiente de Vida y Reino; esta es la forma en que las tenemos actualmente. La voluntad de no separar las Meditaciones y los Coloquios interiores obedece a una motivación espiritual. Las Meditaciones sobre la humildad son un comen- tario de la Profesión de humildad, en uso en las comunidades fundadas por Juan Eudes y recomendadas en las misiones. Se trata de profundizar en la contempla- ción de la humildad de Cristo, «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29), para seguir el mismo camino, mediante el conocimiento de la propia pequeñez, el reconocimiento de la condición humana en su debilidad y vulnerabilidad. 6 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu En el proyecto inicial de Juan Eudes, los Coloquios interiores deben leerse después de las Meditaciones, ya que el objeto de los Coloquios interiores se encuentra en el subtítulo: Por la consideración de los favores que ha recibido de su infinita bondad, y de sus deberes y obligaciones hacia su divina majestad. El enfoque se aclara: cuando el ser humano accede a la verdad de su humilde condición, es capaz de alcanzar la grandeza de su vocación, como criatura de Dios, renacida por el bautismo. Tal es el contenido de los Coloquios, cuyo último capítulo está dedicado al discerni- miento de la vocación personal. Hay una lógica propia en la articulación de los dos textos que busca alcanzar el conocimiento de sí mismo, de manera que se pueda llevar la existencia cotidiana bajo la mirada de Dios, en una configuración de crecimiento en Cristo, como discípulo. Y es el proyecto espiritual de Vida y Reino el que se encuentra aquí, en los dos textos añadidos 25 años después de la primera edición, con este complemento de una 8ª parte constituida por los dos escritos de 1662. Siguiendo a su maestro Pierre de Bérulle, Juan Eudes entiende la vida cristiana como un itinerario hacia la santidad, la vocación universal de los bautizados, tal y como lo desarrolla en el tercer Coloquio «De la dignidad y santidad de nuestro fin». Un gran autor eudista, el P. Clément Legaré, en su lectura de Vida y Reino, analiza los tipos de relación que nacen de la adhesión a la fe y que se desarrollan en un itinerario de vida, «una progresiva ascensión del cristiano a la santidad», calificando el camino del creyente con tres términos, como tres modalidades de relación con Dios. Son como tres formas de relación entre el sujeto creyente y su Señor: la posesión, la asociación y la inclusión. «Cada una de las relaciones fundamentales mencionadas se aborda en el discurso eudesiano mediante un tema —abstracto por definición— que luego se concreta y se explica mediante recorridos figurativos cuyo conjunto construye la doctrina espiritual de Juan Eudes: • El valor de la posesión se asume mediante el tema de la pertenencia; • El valor de asociación lo asume el tema de la alianza. • El valor de inclusión lo asume el tema de la interioridad».1 1 Clément Legaré, Un expert en communication pastorale, saint Jean Eudes, seconde édition, Maison des Eudistes, Québec, 2019, p. 50. 7 Presentación Las palabras adecuadas describen la relación: «ser a» significa pertenencia, «ser con» significa alianza y «ser en» significa interioridad. La vida cristiana se desarro- lla incluyendo una y otra experiencia, sin que ninguna excluya a la otra.  Este apasionante análisis del P. Legaré ayuda a comprender los Coloquios interio- res. Los ocho primeras Coloquios tratan el tema de la pertenencia, enumerando los diversos títulos posibles para expresar esta relación esencial y constitutiva de la persona humana: un «ser de Dios» original. Este «ser de Dios» va acompañado de la toma de conciencia de la no pertenencia, es decir, del alejamiento o el rechazo de esta «posesión», por ejemplo: «Oh Dios mío, a pesar de que, en el pasado, me alejé de ti, que eres mi principio, mi fin y mi bien supremo...» (O.C. II 161). Quien se vuelve hacia Dios se aleja de sí mismo, el «yo» reconoce al «tú» que lo hace posible. La conversión es necesaria para este «ser para Dios», y los Coloquios alternan estas dos caras de la misma moneda, entre las consideraciones sobre la grandeza y la nobleza de la vocación humana y el reconocimiento del extravío por seguir otro camino. Las frases sobre el pecado y la pertenencia al mal son temibles y hoy pueden chocarnos, pero conviene considerarlas ante todo en su forma literaria. Estas dos caras de la moneda recuerdan, por otra parte, los dos opúsculos que Juan Eudes no quería separar, Meditaciones sobre la humildad y los Coloquios interiores. «Estar con», el tema de la alianza se desarrolla en los cuatro últimos Coloquios, principalmente con un enfoque del sacramento del bautismo, descrito por el pro- pio término de alianza. Más allá del acto litúrgico, la alianza bautismal concierne a toda la existencia, cuyo despliegue en fidelidad al don recibido corresponde a la formación de Jesús en el creyente, formación que se convierte en configuración con Cristo, principalmente a través de la contemplación de los «estados y miste- rios del Verbo encarnado». La alianza bautismal es una integración de la vida de Cristo en las acciones ordinarias del creyente: «Por lo tanto, nuestro deseo, nuestro cuidado y nuestra principal ocupación deben ser formar a Jesús en nosotros, es decir, hacerle vivir y reinar en nosotros, y hacer vivir y reinar en nosotros su espíritu, su devoción, sus virtudes, sus sentimientos, sus inclinaciones y disposiciones. Todos nuestros ejercicios de piedad deben tender a este fin. Es la obra que Dios pone en nuestras manos, para que trabajemos en ella continuamente» (O.C. I 272). 8 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu Desde el principio, en este camino espiritual, el tema de la alianza se une al de la interioridad, pasando de «estar con» a «estar en», lo que se hace evidente en el cambio semántico del duodécimo Coloquio, que habla de la unión y la unidad. La alianza une a Dios, y el fruto de esta alianza es ser uno con él: «Pero ¿cuán santa debe ser nuestra vida, estando así asociados con el Santo de los Santos, y de una manera tan íntima? Ciertamente, puesto que somos uno con Dios, también debemos tener un mismo corazón, un mismo espíritu, una misma voluntad, un mismo sentimiento y afecto con él» (O.C. II 187). La inclusión, como dice el P. Legaré, se consuma aquí, la relación de pertenencia a Dios y de alianza con él se ha convertido en una inhabitación divina: «estar en», «estar con», «estar dentro». Aquí se cumple la vocación humana, cuando el Crea- dor —la comunión de amor de la Santísima Trinidad— habita en su criatura, la convierte en su morada, por el tiempo y la eternidad. El factor de inclusión, es decir, lo que permite esta interioridad mutua, es la naturaleza misma de la Comunión trinitaria; el amor, Dios mismo en su misterio, fuente de la creación, de la encarnación y del hombre nuevo en quien establece su morada. Pensamos aquí en los ricos desarrollos del undécimo Coloquio: el bautismo es una nueva creación, es una regeneración y un renacimiento, una muerte y una resurrección: «Y como las tres Personas divinas cooperaron juntas con un mismo poder y bon- dad en la admirable obra de la Encarnación, así también estas mismas Personas se encuentran presentes en nuestro Bautismo y cooperan para darnos el nuevo ser y la nueva vida en Jesucristo, que nos es dada en él» (O.C. II 181). Como subraya el P. Legaré, tenemos aquí la matriz de lo que Juan Eudes desarro- llará ampliamente sobre el Corazón de María, en quien la pertenencia, la alianza y la interioridad han alcanzado su apogeo, y aparece, así como el signo de la vocación humana, prototipo del hombre nuevo. En la Virgen María, la nueva Eva, se hacen visibles en su plenitud los temas de la pertenencia, la alianza y la interioridad, que Juan Eudes ya enunció en Vida y Reino, pero sobre todo lo que desarrolló posteriormente, principalmente en su gran obra sobre la Virgen María, el Corazón admirable de la Santísima Madre de Dios. La publicación de los Coloquios interiores en 1662, época de madurez para san Juan Eudes, se presenta como un momento de síntesis del pensamiento eude- siano, entre la obra matriz Vida y Reino y los desarrollos que le seguirán, una 9 Presentación forma de resumen o condensado de la doctrina espiritual, de lo que él mismo era consciente cuando lo proponía a los participantes en los retiros como un libro- guía para los ejercicios espirituales. La pedagogía de los Coloquios interiores sigue siendo un modelo consumado que ofrece, en un mismo texto y en un mismo gesto interior, todo un camino para renovar la acogida del don de Dios, según el proyecto espiritual y apostólico que habitó toda la vida de quien a menudo firmaba sus cartas «Jean Eudes, sacerdote misionero». P. Jean Michel Amouriaux, cjm Superior General de la Congregación de Jesús y María Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Por la consideración de los favores que ha recibido de su infinita bondad, y de sus deberes y obligaciones para con su divina majestad. Œuvres Complètes p. 129-194 13 Primer coloquio Favores que Dios nos ha hecho, favores desde antes de nuestra creación y desde toda la eternidad, y lo que debemos darle por esto I Consideraré que, como todas las cosas siempre han estado delante de Dios, para él no hay pasado ni el futuro, sino que todo es presente y visible a su luz eterna. Puso sus divinos ojos sobre mí desde toda la eternidad, me miró con mirada de misericordia, pensó en mí seria y atentamente, y me amó tierna y ardientemente. Por una maravilla de su bondad, dispuso y ordenó todas las cosas que me debían suceder en el cuerpo y en el alma, y todas las circuns- tancias, dependencias y pertenencias de mi ser y de mi vida, hasta un cabello de mi cabeza. Él trazó grandes designios sobre mí, porque tuvo el proyecto de crearme con todas las cualidades y perfecciones naturales que me ha dado. Tuvo el proyecto de conservarme, como lo ha hecho, en todos los momentos de mi vida. Tuvo el proyecto de crear el mundo y de conservarlo por amor a mí. El Padre eterno tuvo el designio de enviar a su Hijo aquí, y de entregarlo a la cruz y a la muerte para rescatarme. 14 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu El Hijo tuvo el designio de encarnarse y de sufrir todo lo que hizo, y sufrir en este mundo por causa mía. El Espíritu Santo tuvo el designio de formarlo en las sagradas entrañas de la Virgen, por amor a mí, y de venir, él mismo, a este mundo para ser mi luz, mi santificación, el Espíritu de mi espíritu y el Corazón de mi corazón. En resumen, la Santísima Trinidad tuvo el designio de darme todas las gracias corporales y espirituales, temporales y eternas, que me ha dado desde antes y que me dará siempre. De esta manera, Dios ha tenido grandes proyectos sobre mí, desde toda la eternidad. De manera que tú, Dios mío, me has tenido en tu Espíritu y en tu Corazón desde toda la eternidad. Has pensado en mí y me has amado una eternidad antes de que yo fuera capaz de pensar en ti y de amarte. Tú no has estado nunca, Dios de amor, sin tener el Espíritu y el Corazón sobre mí. Quid est homo quia magnificas eum?, Aut quid apponis erga eum cor tuum? 2. De modo, Bondad Eterna, que se puede decir que, de toda forma, no pensaste primero en ti sino en mí, y que no te amaste primero a ti sino a mí, porque me has amado y has pensado en mí desde toda la eternidad. ¿Qué haré, Dios mío?, ¿y qué te daré por tu amor eterno hacia mí? Si yo hubiera existido desde toda la eternidad, te hubiera dado y consagrado todo mi corazón, todos mis pensamientos, todos mis proyectos y todos mis afectos. Pero, como no he existido desde toda la eternidad, por lo menos hubiera debido volverme y convertirme hacia ti, con toda la extensión de mi entendimiento y de mi volun- tad, tan pronto hubiera sido capaz de hacerlo. Pero ¡ay!, bien puedo decir con san Agustín: “Sero te amavi, bonitas antiqua 3. Perdón, Dios mío, perdón, por favor. Yo quiero comenzar ahora a amarte, servirte y honrarte con todo mi corazón, con toda mi alma y con todas mis fuerzas. Yo te pido, por el amor infinito que desde toda la eternidad me tienes, que me concedas esta gracia. 2 “¿Qué es el hombre, para que lo engrandezcas, Y para que pongas sobre él tu corazón?” Job 7, 17. 3 “Tarde te amé, bondad antigua” Agustín de Hipona, Confesiones, X, 27. 15 Favores que Dios nos ha hecho, favores desde antes de nuestra creación y desde toda la eternidad, y lo que debemos darle por esto Primer coloquio II Consideraré que el amor con que Dios me ha amado desde antes que yo existiera, no solamente es eterno puesto que me ha amado desde toda la eternidad, sino que es continuo, inmutable y muy constante. Porque, desde que comenzó a amarme desde toda la eternidad, que no tiene comienzo, no se ha detenido; no ha habido ninguna interrupción en su pensamiento y en su amor hacia mí. Siempre ha tenido el Espíritu y el Corazón sobre mí, y, a pesar de que ha previsto mis ofensas e ingratitudes, no ha tenido ningún cambio ni alteración en su amor hacia mí, no ha dejado de querer una infinidad de bienes para mí. Por esto es verdad afir- mar que, durante todos los momentos de su duración eterna, no ha pasado un momento (si se puede decir así, si acaso hubiera momentos en la eternidad) sin pensar en mí y sin amarme. ¡Qué exceso de bondad, qué amor eterno e inmutable! ¡Gracias eternas te den todas tus creaturas! ¡Ay! Dios mío, empecé muy tarde a conocerte y a amarte y, tal vez, todavía no he comenzado a hacerlo como es debido; pero si ya empecé, ¿cuán- tas interrupciones habré hecho? ¿Cuántas inconstancias e infidelidades? ¿Cuántas frialdades y descuidos? ¿Cuántas ingratitudes y ofensas? ¡Misericordia, Dios mío, misericordia con este pecador ingrato y pérfido! Desde ahora, mediante tu gracia, quiero emplear todos los momentos de mi vida en tu servicio y en tu amor. Para esto quiero disponer y organizar mi tiempo y mis ocupaciones de modo que todo sea usado y consagrado a tu gloria. III Pensaré no solamente que Dios me ama desde toda la eternidad, con un amor continuo e invariable, sino que me ama con todo lo que él es; esto es que él es todo amor para mí y que me ama con un amor purísimo, que no hay nada que lo obligue a amarme antes de mi existencia sino su pura bondad. De tal manera que el amor de Dios hacia mí, desde antes de la creación, tiene cuatro cualidades: es eterno, inmutable, infinito y purísimo. Le daré gracias por todo esto, me humi- llaré delante de él, y le pediré perdón de mi ingratitud. Me sumergiré en un gran deseo de comenzar con gusto y, desde ese momento, emplear toda mi vida, todo mi tiempo, todas mis fuerzas en amarlo y honrarlo, y en hacerlo amar y honrar 16 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu por parte de los demás, en la medida de mis posibilidades; todo esto por su amor y por su pura gloria. Le suplicaré que destruya en mí todo lo que pudiera impedir estas resoluciones y que me dé todas las gracias necesarias para llevar a cabo esto. Le suplicaré a la santísima Virgen, a todos los Ángeles y todos los Santos que me la obtuvieran. COMO JACULATORIA diré frecuentemente a lo largo del día: “Tibi laus, tibi gloria, tibi amor, o beata Trinitas”, “A ti la alabanza, a ti la gloria, a ti el amor, bienaventurada Trinidad”, para agradecerle a la santísima Trinidad todos los favo- res mencionados y para consagrarme totalmente a su a alabanza, a su gloria y a su amor. 17 Segundo coloquio Favores recibidos de Dios, por nuestra creación y relación, y obligaciones nuestras en cuanto seres humanos I Voy a considerar quién me ha creado y quién me ha dado el ser y la vida. No es el mundo, ni el espíritu maligno, ni yo mismo, sino Dios mismo por medio de un poder, sabiduría y bondad infinita: Ipse fecit nos et non ipsi nos 4. Su poder infinito me sacó de la nada, de la que no podía salir sino en virtud de una mano todopoderosa. Su sabiduría inmensa se manifiesta en el orden y en la disposición admirable de todas las partes de mi cuerpo y de mi alma. Su bondad inefable se manifiesta en que me sacó de la nada, no para darme el ser piedra ni la vida vegetativa de una planta o de un árbol, ni la vida sintiente de un caballo o de un sapo; lo que él puede hacer sin ofenderme y sin que yo tenga motivo para quejarme. Me formó a su imagen y semejanza para hacerme nacer con muchas ventajas, en el lugar y en el tiempo de mi nacimiento, los padres de los que nací, las perfecciones del cuerpo y del espíritu que me fueron dadas, y otras circunstan- cias favorables que acompañaron mi nacimiento, y que debo sopesar y considerar 4 “Él nos hizo y no nosotros” Sal 99, 3. 18 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu cuidadosamente. Quid retribuam Domino pro omnibus qua retribuit mihi?5. Le daré gracias, lo bendeciré y lo amaré con todo mi corazón. Pensaré que Dios es el autor y el principio eterno de mi ser y de mi vida; no es el mundo ni Satanás, ni yo mismo. Mi deber es servirme de todo esto, no para el mundo ni para el príncipe de este mundo, ni para mis propios intereses e incli- naciones, sino para Dios, para su gloria y para el cumplimiento de sus santas voluntades. Dios no solamente es el principio del que yo nací, sino el prototipo del que yo soy imagen viviente. Estoy obligado a imitarlo en su santidad, en su caridad, en su paciencia, en su mansedumbre, en su vigilancia, en su justicia y en su misericordia. Voy a examinarme para ver si he dedicado mi vida pasada para lo que me la dieron o en otras cosas. Y también, si me he aplicado a imitarlo y a experimentar en mí su semejanza o la de su enemigo. Al encontrarme culpable, me encontraré en una gran confusión por mí mismo y pediré perdón a mi Dios por mis infidelidades pasadas. Voy a tomar la resolución, para el futuro, de vivir solamente para el autor de mi vida, de referirle todo a él como a mi principio; de estudiar la vida, la costumbres y las perfecciones de mi divino modelo, para imitarlas y llevar en mí su imagen viviente, por medio de las gracias que yo le pediré insistentemente con esta intención, suplicándole muy humildemente que destruya en mí todo lo que pudiera ser contrario a él, y que grabe en mí una perfecta semejanza de él mismo. II ¿Para qué me creó Dios? Para él, para pensar en él, para amarlo a él, para hablar de él, para actuar por él y para sacrificarme para su gloria. Él no es solamente mi principio y mi prototipo sino también mi fin. Es claro que Dios me hizo para él, por tanto, debo considerar atentamente, ponderar cuidadosamente y grabar profundamente en mi espíritu esta verdad: yo estoy en el mundo sólo para servirle y honrarlo, él es mi unum necessarium, mi único quehacer, esto debe ser mi única preocupación y afecto. En él debe converger todos mis pensamientos, palabras y acciones, todo mi tiempo, todo lo que tengo, todo lo que sé, todo lo que puedo. 5 “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?” Sal 115,12. 19 Segundo coloquio Favores recibidos de Dios, por nuestra creación y relación, y obligaciones nuestras en cuanto seres humanos Él es mi fin último y, por tanto, allí voy a encontrar mi soberano bien, mi centro y mi elemento, mi tesoro, mi gloria, mi felicidad, el descanso perfecto de mi espíritu y de mi corazón, mi verdadero paraíso. Fuera de él no voy a encontrar sino preocupación, inquietud, amargura, angustia, maldición e infierno. Voy a ver qué cuidado he tenido por el pasado de este quehacer tan grande e importante, y si acaso me encuentro en el número de quienes san Bernardo denuncia cuando dice: Stulti aestimatores, qui de minimis maximam, et de maximis minimam curam habent6. Si esto es así, pediré perdón a Dios y me entregaré a él de todo corazón, para dedicarme totalmente a este quehacer, que es de tal trascendencia que está en juego una eternidad de felicidad o de desgracia. III Voy a considerar que Dios no me creó sólo una vez sino tantas veces como momentos he tenido en este mundo. En efecto, desde el momento de mi creación hasta hora, siempre me ha estado llevando en sus brazos, incluso en su regazo y en su corazón, con más cuidado y amor que el de una madre que lleva a su hijo; no ha dejado pasar un momento sin pensar en mí, sin amarme y sin conservarme. Algo admirable es que me ha conservado incluso cuando lo ofendía, y él podía haberme destruido y haberme lanzado al infierno. La conservación es una creación continua, de modo que, si él retirara su mano todopoderosa, con la que me lleva y me sostiene, y si, sólo por un momento, dejara de conservarme, inmediatamente yo regresaría a la nada de la que él me sacó. Por esto, a cada instante él me da el mismo ser que me dio en el primer instante de mi vida, y con el mismo poder y la misma bondad con la que en aquel momento me lo dio. Por lo anterior, yo le pertenezco con tantos títulos como momentos hay desde que estoy en el mundo, y yo me encuentro obligado con él por cada instante de mi vida, como por el primer instante de mi existir. 6 La frase exacta es “Optimi videlicet aestimatores rerum, qui magnam de minimis curam gerunt, parvam aut nullam de maximis curam habentes ; stulti aestimatores” en Bernard de Clairvaux, Epistola 23 De consideratione, J-P Migne, PL 182 (Paris 1844–1855), col. 813. O en Bernardus Claravallensis, Epistolae 1–41, ed. Corpus Christianorum Continuatio Mediaevalis 183, Turnhout 1973, Epistola 23, p. 228, l. 12. En español la frase traduce: “Calculadores idiotas que de las pequeñeces hacen lo máximo y de lo máximo apenas se preocupan” 20 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu Dios mío, yo soy tuyo por muchos títulos y tengo muchas obligaciones de servirte. No permitas que ni el pecado, ni el diablo, ni el mundo se apoderen de lo que es tuyo. Por favor, toma plena y entera posesión de mi ser y de mi vida. Mundo, príncipe del mundo, pecado detestable, renuncio a ti para siempre. Dios mío, me entrego totalmente a ti y declaro que ya no quiero existir, ni vivir, ni hacer, ni decir, ni pensar, ni sufrir, nada sino por amor a ti. ORACIÓN JACULATORIA: Fecisti me, Domine, ad te, ei inquietum est cor meum, donec revertatur in te 7: “Señor me hiciste para ti y mi corazón está inquieto hasta que descanse en ti.” 7 “Tu excitas, ut laudare te delectet; quia fecisti nos ad te, et inquietum est cor nostrum donec requiescat in te” Agustín de Hipona, Confesiones I,1. 21 Tercer coloquio Dignidad y santidad de nuestro fin I ¿Cuál es el fin para el que Dios nos creó? Es el mismo que el de los Ángeles. Dios puso al hombre en la tierra para que haga en ella lo que los Ángeles hacen en el cielo. Puesto que estamos asociados los Ángeles y hemos sido creados para realizar las mismas funciones que los Ángeles, esto es, adorar, alabar, amar y servir a Dios, y para hacer en todo, su santa voluntad, hemos de vivir la vida de los Ángeles, y poner nuestras delicias en el cumplimiento de estas cosas. Pero al mirar nuestra vida nos encontraremos que, en vez de imitar a los Ángeles en su pureza, en su santidad, en su humildad, en su caridad, en su amor, en su sumisión a la voluntad de Dios y en su fidelidad a su servicio, con frecuencia hemos seguido los demonios en su maldad, en su orgullo, en su envidia, en su desobediencia, en su perfidia y rebelión contra Dios. En vez de dedicarnos a las funciones de los Ángeles, hemos hecho las obras de los demonios. Humillémonos, rechacemos nuestra malicia, renunciemos para siempre al prín- cipe de las tinieblas. Deseemos seguir a los Ángeles y empezar a hacer en la tierra lo que deberemos hacer con ellos eternamente en el cielo. Pidámosles que nos asocien a las alabanzas que continuamente le dan a Dios, y que nos compartan su amor y su fidelidad. 22 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu II Dios nos puso en la tierra con el mismo fin con el que colocó a los santos Patriar- cas, a los santos Profetas, a los santos Apóstoles, a los santos Mártires, a los santos Pastores, a los (santos) Sacerdotes y a todos los otros Santos que han vivido aquí y que ahora están en el cielo. Eran hombres como nosotros, compuestos de carne y hueso como nosotros, frágiles como nosotros, expuestos a los mismos peligroso y tentaciones como nosotros. Estamos en la misma Iglesia que ellos, adoramos al mismo Dios. Tenemos el mismo Salvador y el mismo Mediador, Jesucristo Nuestro Señor; tenemos el mismo Evangelio, los mismos sacramentos, la misma fe, la misma esperanza, las mismas promesas. El que los santificó tiene un gran deseo de santificarnos, si no ponemos obstáculo a esto. A pesar de todo, ellos son santos y sirvieron a Dios in sanctitate et justitia coram ipso omnibus diebus suis8. Y nosotros, ¿qué somos o qué hacemos? ¡Tenemos bastante de qué humillarnos! ¿Qué le diremos al Hijo de Dios cuando, en el día del juicio, nos muestre todos sus Santos, semejantes a nosotros, y cuando nos haga ver que era más fácil seguir- los a ellos que seguir a los que están presionados a gritar en los infiernos: Nos insensati, erravimus a via veritatis, et ambulavimus vias difficiles 9, “Insensatos de nosotros que extraviamos el camino de la verdad y caminamos por vías difíciles”. Decidamos ir por el camino de los Santos, leer y estudiar sus vidas, especialmente la de los que tuvieron la misma profesión de nosotros, para imitarlos. Pidámosles que nos alcancen esta gracia. III No solamente tenemos un mismo fin con los Ángeles, con los Arcángeles, con los Querubines, con los Serafines y con todos los Santos, sino que también tenemos un mismo fin con la Reina de los Ángeles y con los Santos, con el Santo de los 8 “En santidad y justicia todos sus días” Lc 1, 75. 9 Texto en latín de la Vulgata de Sab 5, 6-7 23 Tercer coloquio Dignidad y santidad de nuestro fin Santos, Nuestro Señor Jesucristo, y con el tres veces Santo, es decir, con Dios y con las tres Personas divinas. ¿Para qué la santísima Virgen y Nuestro Señor Jesucristo han estado en la tierra sino para honrar y glorificar a Dios y para hacerlo conocer y adorar? ¿Cuál es el fin de Dios sino Dios mismo? ¿Cuál es el fin de las tres Personas divinas sino su divinidad? ¿Y cuál es su mayor y su continua ocupación sino alabarse, bendecirse, amarse y glorificarse perpetuamente los unos a los otros? ¿Acaso no fue para este mismo fin que Dios nos hizo nacer en la tierra, esto es, para honrarlo y glorifi- carlo, y para hacerlo conocer y servir a los otros de todas las formas que nos sean posibles? Pues tenemos un mismo fin con los Ángeles, con los Serafines, con los Santos, con la Madre de Dios, con el Hombre-Dios y con la santísima Trinidad. ¡Qué fin tan noble! ¡Qué digno y qué santo! ¡Y nuestra condición ha sido elevada a un fin alto! ¡Qué afortunados somos al haber sido creados para algo tan grande! ¡Qué miserables somos cuando hundimos nuestros espíritus y nuestros corazones, nuestros pensamientos y nuestros afectos, en el lodo y la basura, en el humo, en la locura de ocupaciones bajas, terrenas y vanas de hijos del mundo! ¡Cuántas obligaciones tenemos con nuestro Creador por habernos creado para un fin tan admirable y por habernos dado una alianza tan admirable con sus Ángeles, con sus Santos, con su santa Madre y consigo mismo! Nuestra vida tiene que ser santa. El fin y la intención de todos nuestros pensa- mientos deben ser puros. Pero la mayor parte de los hombres vive como si estuvie- ran hechos sólo para la tierra, para el honor, para el bienestar, para el placer, para ellos mismos, para el mundo, para el diablo, para el infierno. ¿Y nosotros qué hemos hecho hasta el presente? Tengamos horror de nosotros mismos y de nuestra vida porque cor in multis offendimus omnes10, “Todos caemos muchas veces”. Sumerjámonos en un gran deseo de entregarnos perfectamente a Dios, de vivir para buscar nuestro fin y para encaminar allí a los demás. 10 Sant 3,2 24 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu ORACIÓN JACULATORIA: Domine, quid mihi est in caelo, et a te quid volui super terram?11 Es para declararle a Dios que sólo lo queremos a él en el cielo y en la tierra, que renunciamos a todo lo demás y que deseamos que todas nuestras voluntades y nuestros afectos no tengan otro objetivo sino a él solo. 11 ¿Qué hay para mí en el cielo y qué quieres sobre la tierra?” Sal 72, 25. 25 Cuarto coloquio Obligaciones con Dios por la creación y por la conservación del mundo I Consideremos cuál es el principio y el fin de este gran mundo, que incluye en sí los cielos, los astros, los cuatro elementos y una multitud innumera- ble de creaturas que en él existe. El principio y el fin de esta obra es Dios, que es su autor y su creador; él lo hizo para sí mismo y para su gloria: Universa propter semetipsum operatus est Dominus12 En efecto, todas las creaturas que están en el universo bendicen, glorifican y engrandecen a Dios a su manera: Gloria Domini plenum est opus ejus13. Confessio et magnificentia opus ejus14. Pleni sunt caeli et terra gloria tua15. Todas las creaturas insensibles e irracionales hacen la voluntad de Dios, y siguen los instintos que les fueron dados, y nunca sobrepasan las leyes que les fueron prescritas: Praeceptum posuit et non praeteribit16. Ellas siguen todos sus planes: Omnia serviunt tibi17, y la manifestación de su poder, de su sabiduría y de su bondad infinita. 12 “El Señor creó todo para sí mismo.” Prov 16, 4. 13 “De la gloria del Señor está llena su obra.” Eclesiástico 42, 16. 14 “Confesión y magnificencia es su obra.” Sal 110,3. 15 “Los cielos y la tierra están llenos de tu gloria.” (Sanctus). 16 “Puso su precepto y no perecerá” Sal 148, 6. 17 “Todas las cosas te servirán” Sal 118, 91. 26 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu ¡Qué poder el haber hecho de la nada una multitud de cosas tan grande y tan variada! ¡Qué bondad el haber hecho tantas maravillas para todo en general y para cada uno en particular, incluso para los ingratos y pérfidos que no le hacen nada agradable, sino que se sirven de las cosas para hacerle la guerra y para deshonrarlo! Adorémoslo y bendigámoslo, invitemos a todas las creaturas a bendecir y a alabar con nosotros, su poder, su sabiduría y su bondad incomprensible. Benedicite Omnia opera Domini Domino: laudate et superexaltate eum in saecula18. Ellas lo hacen sin cesar y nos invitan a juntarnos a esta acción, porque todas las creaturas, según san Agustín19, son lenguas y voces que nos gritan sin cesar: Amen, amen a quien nos creó para ustedes. Dios mío, qué extraño ver a las creaturas inanimadas e irracionales que te dan gloria, mientras que la creatura racional, que es el hombre, que te agrada, que está más obligado que todas las otras, te deshonre. Pero esta bondad indecible con la que Dios creó todas las cosas que existen en el universo se manifiesta en que no sólo las creó para nosotros y nos las regaló, sino también nos las ha regalado con un amor infinito, de modo que, si cada pedazo de pan que comemos y cada gota de agua que bebemos tuviera un precio infinito, nos las daría con el mismo amor con el que nos las ha dado. Lo mismo sucede con todas las otras cosas de las que nos servimos para nuestro uso. De manera que si alguien pudiera contar todas las creaturas que están en este mundo contaría las obligaciones, todas infinitas, que tenemos con quien las ha creado y que nos las ha dado con un amor infinito. Dios mío, ¿qué voy a hacerte y a darte por tantos efectos de tu bondad conmigo? Por lo menos, que yo aprenda de las creaturas inanimadas e irracionales a servirte y a glorificarte, y que me someta a tus leyes y a tus órdenes, si no quiero perte- necer al número de insensatos contra los que se opondrán todas las creaturas en 18 “Obras todas del Señor, bendigan al Señor, alábenlo y ensálcenlo por los siglos” Dan 3, 57. 19 “Et coelum et terra et omnia quae in eis sunt, ecce undique mihi dicunt ut te amem; nec cessant dicere omnibus ut sint inexcusabile” Agustín de Hipona, Confesiones I, X, 6. En español: “El cielo y la tierra todo lo que en ellos existe me dicen que te ame; no paran de decirle a todos que son inexcusables” 27 Cuarto coloquio Obligaciones con Dios por la creación y por la conservación del mundo el día del juicio, para vengarse de las injurias que se han hecho contra el creador: Pugnabit cum illo orbis terrarum contra insensatos20. II Dios no creó el mundo una vez sino una infinidad de veces, es decir, tantas veces como momentos han corrido desde más de seis mil años que hay desde que el mundo fue creado, puesto que, a cada momento le está impidiendo caer en la nada, de la que lo sacó, y puesto que lo sostiene y lo conserva perpetuamente, dado que la conservación es una creación continua. De tal suerte que quien pudiera contar todos los momentos que han pasado desde la creación del mundo hasta ahora, contaría otras tantas obligaciones, todas infinitas, que tenemos con la bondad inmensa de este adorable Conservador. En efecto, cada uno de nosotros está presente ante sus ojos desde el comienzo del mundo y desde una eternidad antes. Como creó el mundo por amor a cada uno de nosotros en particular, tam- bién desde que lo creó lo conservó a cada momento para cada uno de nosotros en particular, con amor infinito. Bendito seas, Dios grande, bendito seas infinitas veces: Confiteantur Domino misericordia ejus; et mirabilia ejus filiis hominum21. III Es verdad que el mundo y que todas las cosas que en él se contienen han sido hechos par el hombre. El hombre, que se volvió criminal y fue condenado a muerte por su rebelión contra Dios, perdió el derecho de servirse de él, antes del pecado. De este modo, el pecador ya no tiene derecho de servirse de ninguna creatura. En efecto, si el Hijo de Dios no hubiera muerto para librarnos de nuestros crímenes, todas las creaturas, en vez de servirnos en nuestras necesidades, se levantarían contra nosotros, como lo harán contra los malvados en el día del juicio. 20 “El orbe de la tierra peleará contra los insensatos” Sab 5, 20. 21 “Confiesen al Señor por su misericordia; y sus maravillas los hijos de los hombres” Salmo 106, 21. 28 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu Pero Nuestro Señor Jesucristo, en virtud de su sangre y de su muerte, nos ha devuelto el derecho de usar las cosas de este mundo en nuestras necesidades, y de usarlas en plenitud y abundancia, como hubiera sucedido si el hombre no hubiera pecado, sino de usarlas como él mismo lo hizo, según estas palabras del Espíritu Santo: Qui utuntur hoc mundo, tanquam non utantur22; es decir, sin quedarnos en esto, sin apegos y sin complacencias, sino sólo por necesidad, en cuanto se requiere para el servicio y para la gloria de Dios y con acción de gracias al Creador que las ha hecho, y al Reparador que nos adquirió, por su sangre, el derecho de usarlas, que habíamos perdido por nuestros pecados. De tal manera que no tendríamos derecho de vivir un momento, ni de dar un paso sobre la tierra, ni de respirar el aire que respiramos, ni de ser iluminados por el sol, ni de calentarnos con el fuego, ni de bañarnos con el agua, ni vestir la ropa que usamos, ni de protegernos de los daños del viento en las casas que habitamos, ni de descansar en las camas que nos sirven para esto, ni de comer un pedazo de pan, ni de beber una gota de agua, ni de servirnos de ninguna creatura, si el Hijo de Dios no hubiera dado su sangre para librarnos de la pena que merecíamos por nuestros pecados. De hecho, al usar el ser y la vida que Dios nos había dado, en ofenderlo, hubiéra- mos merecido ser despojados de esto y, por consiguiente, ser despojados de nues- tros derechos. Y si todavía nos quedaran algunos, el Hijo de Dios ya los adquirió al precio de su sangre. De manera que no tenemos un instante de tiempo, que no comemos un bocado de pan y no usamos nada de este mudo que no haya costado la sangre de Jesucristo. Por esto tenemos con él una infinidad de obliga- ciones, todas infinitas. Si puedes, cuenta todo el servicio y toda la asistencia que has recibido de todas las creaturas en cada momento de tu vida y todo el uso que haces y sigues haciendo continuamente de ellas, y, así, todas las obligaciones, todas infinitas, que tienes con Jesucristo, puesto que él te adquirió este derecho por el precio infinito de su preciosa sangre. 22 “Los que se sirven de este mundo, como si no se sirvieran de él” 1 Cor 7, 31. 29 Cuarto coloquio Obligaciones con Dios por la creación y por la conservación del mundo Pidamos a Dios que grabe estas verdades en nuestros corazones. Reconozcamos estas obligaciones. Démosle gracias a Jesucristo pues tenemos la obligación. Pen- semos en él con frecuencia y elevemos nuestros corazones a él frecuentemente, pues de él recibimos continuamente tantos favores. Adentrémonos en un deseo grande de ordenar y entregarle nuestro tiempo para honor y servicio de este Salvador tan amable que nos adquirió cada momento por un precio tan costoso. Declarémosle que ya no queremos usar cualquier cosa creada sino por su gloria y de la manera que él las usaba cuando estaba en este mundo. Pidámosle que nos dé esta gracia por amor a sí mismo. ORACIÓN JACULATORIA: Confiteantur tibi, Domine, omnia opera tua23. Que te alaben, Señor, todas tus obras. 23 “Que te alaben, Señor, todas tus obras” Sal 144, 10 31 Quinto coloquio Cualidades de Dios con el hombre, en contexto de la creación I Como consecuencia de la creación, Dios, que nos ha creado, posee diversas cualidades con relación a nosotros: Es nuestro principio, es nuestro último fin, es nuestro centro y nuestro elemento, es nuestro soberano bien, es nuestro prototipo, nuestro modelo y nuestro ejemplo. es nuestro rey, nuestro monarca y nuestro soberano absoluto, es nuestro gobernador, nuestro protector y nuestro defensor, es nuestro juez. Adoremos y alabemos a Dios en todas estas cualidades y grandezas. Alegrémonos porque él es tan grande, porque tiene tantas perfecciones, y porque tiene tantos poderes sobre todas sus creaturas y porque ellas dependen de él de tantas mane- ras. Alegrémonos también y bendigámoslo porque le pertenecemos por muchos títulos y porque se digna ejercer todas estas cualidades con nosotros. 32 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu Es una maravillosa ventaja, una gran gloria y un singular honor, tener un princi- pio tan noble, un fin tan elevado, un centro tan divino, un soberano tan libre y comunicativo de sí mismo, un prototipo tan bien logrado, un rey tan poderoso, un gobernador y un protector tan sabio y tan fuerte, un juez tan justo y equita- tivo, un Dios tan admirable y tan bueno. II Consideremos cómo todas estas cualidades que Dios quiere tener con relación a nosotros no son vacías ni inoficiosas o sin efecto. Él las ejecuta continuamente con nosotros y con todas sus creaturas; a través de ellas, él produce maravillosos efectos, y haría muchos otros si nosotros pusiéramos todo nuestro empeño. Como principio no solamente nos dio el ser una vez, en el momento de nuestra creación, sino que nos lo sigue dando continuamente y nos sigue produciendo (creando) incesantemente, y más incomparablemente que el manantial produce sus arroyos, que el árbol brota sus ramas al exterior, que el sol da a luz sus rayos. Como puede verse, dependemos mucho más de Dios que los arroyos dependen de su manantial, que las ramas dependen de su tronco y que los rayos dependen del sol. Como fin, como centro, como elemento y como soberano bien, nos llama y nos atrae sin cesar hacia él y nos dice: Venite ad me omnes qui laboratis…24 “Vengan a mí ustedes, que trabajan y están cargados, y yo los aliviaré”. Si existe una fuerza secreta en el centro de la piedra, en el elemento del pez, y en la esfera del fuego, que los atrae tan poderosamente, ¿cuánto más debe ser la fuerza de atracción de nuestro verdadero centro, de nuestro verdadero elemento y de nuestra verdadera esfera, que es Dios? Y, sin embargo, ¿de dónde viene que nos dejemos atraer tan poco por él? Ciertamente hay que creer que el impedimento y la resistencia que aportamos es muy grande, y que el peso del pecado que está en nosotros, que resiste a este poderoso atractivo es muy horroroso. 24 Mt 11, 28. 33 Quinto coloquio Cualidades de Dios con el hombre, en contexto de la creación Soberano fin mío, Divino centro mío, lánzame a ti, devuélveme a ti y no sufras más que yo te ponga obstáculo. III Además, como fin último, como centro, como elemento, como esfera, como sobe- rano bien, solamente Dios puede darnos la verdadera paz y el perfecto reposo, y de llenar y saciar la capacidad inmensa de nuestra alma: Anima rationalis ita facta est capax majestatis tua, quod a te solo et a nullo alio impleri possit, dice san Agustín25. En efecto, cuando nuestra alma se entrega totalmente a su creador y renuncia a todo lo demás, él la llena de un descanso indecible, de una paz que sobrepasa todos los sentidos, y de una infinidad de bienes. Como prototipo, nos da un modelo y un ejemplo de perfección y de santidad admirable, diciéndonos: Sean santos porque yo soy santo. Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto. Sean misericordiosos como su Padre celestial es misericor- dioso. Sean imitadores de Dios como sus hijos queridísimos26. Y lo que es más, que él imprima su imagen en las almas que se le entregan perfectamente. Dios mío, me entrego todo a ti. Graba en mí una imagen perfecta de tu santidad y de tus divinas perfecciones. Como rey, como gobernador y como protector, nos rige con leyes muy santas, y está muy atento a gobernarnos y a protegernos. Como juez ejerce sin cesar su justicia y su juicio en el mundo, dando a cada uno según sus obras, tanto castigando a uno como recompensando a otro. 25 “El alma racional está hecha de modo que es capaz de tu majestad, de tal modo que sólo puede ser llenada por ti y no por ningún otro elemento” Esta frase es atribuida a Pseudo-Agustín, Soliloquia animae ad Deum. Cap. 30. En J.-P. Migne (Ed.), PL 40, col. 863-898 (col. 887), París, 1844. O Pseudo-Agustín. Soliloquia animae ad Deaum. Corpus Christianorum, Series Latina, vol. II b, Brepols, Turnhout, 1994, pp. 699-705. 26 "Sancti estote, quia ego sanctus sum." Lv 11, 45. "Estote ergo vos perfecti, sicut et Pater vester caelestis perfectus est." Mt 5, 48. "Estote ergo misericordes, sicut et Pater vester coelestis misericors est." Lc 6, 36. "Estote imitatores Dei sicut filii charissimi." Ef 5, 1. 34 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu Adoremos y bendigamos a Dios en todos los efectos que ha realizado y que realizará en todas sus creaturas, a través de las cualidades antes mencionadas. Démosle gracias por lo que ha hecho en nosotros y que seguiría haciendo si no encontrara impedimento de parte nuestra. Pidámosle perdón por la resistencia que le hayamos puesto. Entreguémonos a él para que realice en nosotros las divi- nas cualidades, en la manera que él prefiera que nos haga producir los efectos que él desee. ORACIÓN JACULATORIA: Deus cordis mei, et pars mea Deus in aeternum.27 27 “Dios de mi corazón, Dios herencia mía en la eternidad.” Sal 72, 26. 35 Sexto coloquio Derechos de Dios sobre el hombre, consecuencia de la creación I Por las cualidades anteriores, Dios tiene muchos derechos sobre nosotros, que debemos examinar para no quebrantarlos. Si somos muy cuidadosos en conocer y conservar los pequeños derechos que tenemos sobre los que dependen de nosotros, con mayor razón debemos considerar los grandes e impor- tantes derechos que el Dios grande tiene sobre nosotros, para cumplir los deberes a los que estos mismos derechos nos obligan. Veamos, entonces, cuáles son. 1. Por todas las cualidades en general, tomadas en conjunto, él tiene derecho de ser reconocido, adorado, glorificado y alabado por nosotros, como Dios y como nuestro Dios y que le sacrifiquemos todo y a nosotros mismos. 2. Por la cualidad de principio, de fin y de soberano bien, tiene derecho a poseer- nos totalmente como algo que es todo suyo, que está hecho para él y que depende infinitamente de él. 3. Por la cualidad de principio y de fin, puesto que él es el principio y el fin de nuestro ser y de nuestra vida, también tiene derecho de ser el principio y el fin de todos nuestros pensamientos, de nuestras palabras y de nuestras acciones, y de todos los usos y funciones de nuestra vida, esto es, que no debemos pensar ni decir, ni hacer nada sino por él, para él, por su orden y por su gloria. 4. Por la cualidad de principio que nos produce sin cesar, y que nos lleva siem- pre en su mano y en su seno, de modo que, si por un momento, dejara de 36 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu llevarnos caeríamos en la nada. Como él tiene derecho, pues como nosotros necesariamente permanecemos siempre en él, según las palabras del Apóstol: In ipso vivimus, movemur et sumus28, así también nosotros permaneceríamos siempre voluntariamente por medio del amor y de la caridad: Deus charitas est, et qui manet in charitate in Deo manet29. 5. Dios mío, que yo siempre permanezca en tu amor y en la caridad con mi prójimo, para estar siempre en ti. II 6. Por esta misma calidad de principio, que nos da un ser y una vida, parti- cipación de su ser y de su vida, por esta razón san Pablo nos anuncia que nosotros somos de la raza de Dios: Genus Dei sumus30; tiene derecho a que llevemos una vida conforme a la suya, esto es, totalmente santa y divina, para no degenerar la nobleza de nuestra raíz y para no deshonrar la fuente y el origen de donde hemos salido. 7. Por la cualidad de fin, de centro, de elemento y de esfera divina, tiene derecho a que aspiremos y tendamos hacia él sin cesar, y que busquemos nuestro descanso y nuestra felicidad sólo en él. 8. Por la cualidad de soberano bien tiene derecho de ser amado sobre todas las cosas por nosotros, y de poseer perfectamente nuestros corazones y todos nuestros afectos. Dios mío, en ti están los bienes verdaderos, los honores y las alegrías, y fuera de ti no existe ningún bien. Haz que yo te ame única y absolutamente, y que, a partir de ahora, seas el único objeto de todos mis deseos y de todos mis afectos. 28 “En él vivimos, nos movemos y existimos” Hch 17, 28 29 “Dios es amor, quien permanece en el amor permanece en Dios” 1 Jn 4, 16. 30 “Somos estirpe de Dios” Hch 17, 28. 37 Sexto coloquio Derechos de Dios sobre el hombre, consecuencia de la creación III 9. Por la cualidad de prototipo tiene derecho a que vayamos siempre en su presencia, delante de él, mirándolo sin cesar y teniendo siempre los ojos fijos en su divino ejemplo, para formar nuestra vida y para orientar nuestras costumbres y nuestras acciones, según el modelo de la perfección de su vida y de la santidad de sus costumbres y de sus acciones. 10. Como rey tiene derecho a darnos leyes y a gobernar sobre nosotros. 11. Como gobernador tiene derecho a encargarse de la dirección de todas nuestras acciones. 12. Como protector tiene derecho a que reconozcamos que solamente él nos puede asistir y defender, que recurramos a él y que lo invoquemos en nuestras necesidades corporales y espirituales. 13. Como juez tiene derecho de vigilar todas nuestras acciones, de examinarlas y de pedirnos cuenta hasta de una palabra ociosa, y de recompensarnos o castigarnos según nuestros méritos o desmerecimientos. Estos son los derechos que Dios tiene sobre nosotros, según las cualidades mencionadas. Dios mío, te doro y te glorifico en todos estos derechos muy justos, muy justos y legítimos, que tienes sobre todas tus creaturas y, particular, sobre mí. Me alegro de todo corazón y declaro que si, por un imposible, no los tuvieras sobre mí, y estuviera en mi poder, yo te los daría. ¡Cuántos impedimentos yo he puesto a la ejecución de todos estos derechos que tú tienes sobre mí! Humildemente te pido perdón por esto. De ahora en adelante quiero considerarlos cuidadosamente para no contrariarlos más, sino para cum- plir, mediante tu gracia, los deberes a los que estoy obligado. ORACIÓN JACULATORIA. Deus meus et Omnia: “Mi Dios y mi todo.” 39 Séptimo coloquio Deberes que el hombre está obligado a cumplir con Dios debido a los derechos precedentes I Después de haber considerado y estudiado las cualidades que Dios tiene con relación a nosotros, y los derechos que él tiene sobre nosotros por la creación, conviene ver los deberes que debemos cumplir con él. 1. Puesto que es nuestro principio debemos permanecer en él, llevar una vida digna de nuestro origen, referirle continuamente todo lo que somos y todo lo que hacemos, entregarnos y sacrificarnos continuamente a él, para que nos posea totalmente: Attendite ad petram unde excisi estis31. 2. Puesto que es nuestro fin, nuestro centro y nuestro soberano bien, es nuestro deber perpetuamente suspirar y aspirar a él, desearlo, buscarlo por todas partes y en todas las cosas y no querer descansar ni alegrarnos sino sólo en él. 3. Ya que es nuestro prototipo debemos estudiar continuamente su vida y sus perfecciones para imitarlas y para formar en nosotros una imagen viviente y adorable de este adorable modelo: Fac secundum exemplar quod tibi in monte monstratum est.32 31 “Consideren la roca de donde fueron tomados.” Is 51, 1. 32 “Haz según el modelo que mostraré en el monte.” Ex 25, 40. 40 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu 4. Dado que él es nuestro rey, nuestro gobernador y nuestro protector, le debemos honor, obediencia y confianza. 5. Como él es nuestro soberano, y que tiene infinitamente más poder y autoridad sobre nosotros que el alfarero sobre su vasija, y que él puede, como lo dijo el santo hombre Job: Multiplicare vulnera nostra, etiam sine causa33, “Multiplicar nuestras llagas, aún sin causa”; por este derecho de su soberanía debemos abandonarnos totalmente en él. 6. Puesto que es nuestro soberano juez, debemos someternos a su poder de juz- garnos. Tenemos que adorarlo, bendecirlo y glorificarlo en todos los juicios conocidos y desconocidos, manifiestos y secretos, que realiza todos los días sobre todas sus creaturas, especialmente sobre nosotros. Particularmente debemos adorarlo en los juicios que ejecuta a cada momento sobre las almas que se presentan al salir del cuerpo, ante su tribunal, incluso en el que hará sobre nosotros, cualquiera que sea, a la hora de nuestra muerte, y en el día grande del juicio. En fin, le debemos temor, sabiendo que horrendum est incidere in manu Dei viventis34; y vivir como personas que deben comparecer en poco tiempo delante de su tono magnífico para darle cuenta hasta de una palabra ociosa. Estos son nuestros deberes. Humillémonos por ser tan mal pagados por el pasado. Pidamos misericordia. Roguemos a Nuestro Señor Jesucristo, que vino a la tierra para ser nuestro reparador, que repare nuestras faltas. Entremos en un gran deseo de vivir de ahora en adelante según estas obligaciones. Invoquemos, para esto, la ayuda de la gracia divina. II Quien ofende mortalmente a Dios no solamente priva a Dios de todos los deberes con los que está obligado, sino que lo despoja de todos los derechos que tiene sobre él, y le niega y no le reconoce las cualidades de las que está adornado, a las que están ligados los derechos anteriormente mencionados; y usurpa todas estas 33 Job 9,17. 34 “Es tremendo caer en manos del Dios vivo” Hb 10, 31. 41 Séptimo coloquio Deberes que el hombre está obligado a cumplir con Dios debido a los derechos precedentes cualidades y se apropia de todos estos derechos; y así reniega a Dios por sus obras, incluso las aniquila en cuanto está en él, y se constituye Dios de sí mismo. ¿Qué es Dios? Es el soberano bien que debe ser estimado y amado sobre todas las cosas. Es aquél de quien la gloria, la felicidad, el interés deben ser preferidos a cualquier otra gloria, a cualquier otra felicidad, a cualquier otro interés y a cualquier otra voluntad. Él es el principio, el fin, el centro, el ejemplo, el rey, el maestro el gobernador de todas las cosas, y, por consiguiente, a quien todas las cosas deben ser referidas, a quien deben tender todas las cosas, en quien deben tener la felicidad, deben seguirlo como su regla y a quien deben obedecer. ¿ Y qué hace el pecador? Se preocupa más de sí mismo que de Dios, se ama a sí mismo más que a Dios; prefiere su voluntad, su interés, su placer y su gloria a la voluntad, al interés, a la felicidad y a la gloria de Dios. Él quiere poseerse a sí mismo y disponer de sí mismo, como si se perteneciera a sí y no a Dios, como si fuera su principio y dispusiera de su ser, de su vida y de sí mismo. No quiere tener otro sino él mismo, es decir, su placer y su interés. Y quiere poner su dicha y su felicidad en sí mismo y no en Dios. No quiere vivir más regla que su pasión, no quiere otras leyes sino sus inclinaciones. No quiere otro gobernador sino su espíritu ciego y su voluntad desordenada. ¿Qué es todo esto? ¿No es quitar a Dios todos sus derechos para usurparlos y despojarlo de todas sus cualidades para apropiárselas? ¿No es renegar de Dios por sus obras, factis negat35? ¿No es decir a Dios con la voz de sus acciones depravadas: Señor, se dice que tú eres mi principio, mi fin, mi centro, mi soberano bien, mi ejemplo, mi regla, mi rey, mi gobernador, y que tienes muchos derechos sobre mí, relacionados con estas cualidades, pero yo quiero renunciar a todas estas cualida- des, y rechazar todos tus derechos? ¿Soy yo mi principio, mi fin, mi regla, y mi conducta? Pues esto es lo que hace quien comete un pecado mortal. ¡Pecado, qué horrible eres! ¡Qué horror te tengo! Perdón, Dios mío, perdón, por favor, por todas mis ofensas. 35 “Confitentur se nosse Deum, factis autem negant”: “Profesan conocer a Dios, más con sus obras le niegan” Tt 1, 16. 42 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu III Quien lleva a otros a hacer algo contra la voluntad de Dios, por palabras, por obras o por su ejemplo; quien no da el uso debido a las cosas que Dios ha puesto en este mundo para nuestras urgencias y necesidades, y no las usa según la voluntad de Dios o para su gloria sino por exceso y para satisfacer su placer, su ambición, su avaricia, o la pasión de otro, lo despoja de Dios, puesto que está en todo su poder, cualidades y derechos que tiene respecto a las cosas que ha creado; se las apropia y se constituye el Dios de estas cosas. Ya que anima a otros a hacer algo contra las leyes de Dios, quiere que prefieran su voluntad y su interés al de Dios. También quiere que lo pongan en el lugar de Dios ante sus ojos. Y cuando, en el mal uso que hace de las cosas que Dios ha creado, no toma por regla la voluntad y la gloria de Dios sino su pasión y su inclinación depravada, es evidente que arrebata a Dios los derechos que él tiene sobre sus creaturas para atribuírselos. Porque Dios es el principio y el fin de todas las cosas, su voluntad y su gloria debe ser la medida y la regla del uso que se debe hacer de estas cosas. Quien les da un uso indebido, destruye a Dios en lo que puede, para ponerse en su lugar y hacer de las creaturas su Dios. Pero, ¿cuál es el uso que Dios quiere que hagamos de las cosas de este mundo? Él nos declara su voluntad por medio del uso que su Hijo Jesús hizo de estas cosas, él fue enviado a la tierra para ser nuestra regla en esto y en cualquier otra cosa. ¡Ay Dios mío, qué mal he seguido esta divina regla! ¡Soy culpable de tantos abusos que he hecho con las cosas que me has dado! ¡Cuántas veces te he quitado los derechos que tienes sobre tus creaturas, para apropiármelos! ¡Perdón, Dios mío, por favor! No quiero servirme de ninguna cosa si no es para tu gloria y según tu santa voluntad, a imitación de tu hijo Jesús. Dios mío, en el pasado me aparté de ti, que eres mi principio, mi fin y mi sobe- rano bien, y me volví hacia mí mismo, al mundo y a Satanás, prefiriendo todas las voluntades de ellos y las mías, a las tuyas. Te declaro ahora que quiero renunciar totalmente y para siempre a Satanás, al mundo y a mí mismo para volverme y entregarme totalmente y para siempre a ti. 43 Séptimo coloquio Deberes que el hombre está obligado a cumplir con Dios debido a los derechos precedentes Dios mío, me entrego a ti como mi principio, poséeme totalmente. Que siempre permanezca en ti. Que yo no vaya a hacer nada que sea indigno de mi origen; que tú seas el principio y el fin de todas mis acciones. Dios mío, que yo me entregue a ti como a mi fin, a mi centro y a mi soberano bien. Llévame hacia ti. Que esté continuamente tendiendo hacia ti, que tú seas mi felicidad, mi gloria, mi tesoro y mi todo. Dios mío, que me entregue a ti como a mi prototipo. Graba en mí una perfecta semejanza de ti mismo. Dios mío, me rindo ante ti como a mi rey. Da quod jubes, et jube quod vis36, “Dame la gracia de hacer lo que ordenes, y ordena lo que quieras.” Me entrego a ti como a mi gobernador y a mi protector. Llévame según tu santa voluntad y líbrame de mi pecado. Me entrego a ti como a mi juez y me someto de todo corazón a los juicios que has hecho y que harás sobre mí, en el tiempo y en la eternidad, expresándote todo el respeto y sumisión posibles: Justus es, Domine et rectum judicium tuum37, “Señor tú eres justo y tu juicio es recto.” Etiam, Domine Deus omnipotens, vera et justa judicia tua38, “Sí, Señor, tus juicios son verdadero y justos.” En fin, me entrego, me consagro y me sacrifico totalmente a ti como a mi Dios. Si en mí tuviera todo ser creado, todas las vidas de los hombres y de los Ángeles, y tuviera entre mis manos cien mil mundos, querría sacrificarlo todo en tu honor y para el cumplimiento de tu santa voluntad. Dios mío, usa todo tu poder y tu bondad infinita para tomarme, poseerme, con- sagrarme a ti, para inmolarme por siempre jamás a tu gloria. ORACIÓN JACULATORIA: Abrenuntio tibi, Satana, adhaereo tibi, Deus meus, Deus cordis mei39; entendiendo aquí por Satanás el pecado, al espíritu maligno, al mundo y a nosotros mismos que somos verdaderos Satanás para nosotros mismos. 36 Agustín de Hipona, Confesiones X, 29. 37 Sal 118, 137. 38 Ap 16, 7. 39 “Renuncio a ti, Satanás, me entrego a ti Dios mío, Dios de mi corazón.” 45 Octavo coloquiio Obligaciones íntimas de servir, honrar, amar, e imitar a Dios, por todo lo que él es en sí mismo I Si, por un imposible, se diera el caso de que jamás hubiéramos recibido de Dios ningún favor, y que no tuviéramos ninguna obligación de servirlo en razón de nuestra creación, de nuestra conservación, de la creación y conservación del mundo y de todas las cualidades y derechos que tiene respecto a nosotros, sin embargo, tendríamos obligaciones infinitas y más apremiantes que todas las anteriores, por lo que él es en sí mismo. Para conocer estas obligaciones, después de haber adorado a Dios por todo lo que es en sí mismo, en sentido general, abramos los ojos de la fe, para ver y para considerar, con todo el respeto y la humildad posibles, a este Ser infinito, a esta esencia incompresible, a esta divinidad inefable, a esta Majestad suprema y adorable, de esta manera: “¡Esencia divina que eres un abismo de maravillas sin fondo y sin límites! ¡Mar inmenso de grandeza! ¡Mundo incomprensible de milagros! ¡Unidad de mi Dios! ¡Sencillez! ¡Eternidad sin comienzo y sin fin en la que todas las cosas están siempre presentes! ¡Inmensidad que llenas y contienes todo y que llenarías y comprende- rías una cantidad innumerable de mundos, si existieran! ¡Infinidad que contienes todas las perfecciones imaginables e inimaginables! ¡Inmutabilidad! ¡Inmortali- dad! ¡Invisibilidad! ¡Luz inaccesible! ¡Verdad incomprensible! ¡Abismo de ciencia y de sabiduría! ¡Verdad! ¡Santidad de mi Dios por la que es desprendible de todas las cosas, y totalmente retirada y entregada a sí misma; pero de tal manera 46 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu desprendida de todas sus obras, que sufre la destrucción de ellas en su presencia, que quema este mundo e incluso lo entrega y lo abandona a la cruz y a la muerte más excelente de sus obras que es el Hombre-Dios! ¡Divina fuerza que llevas todo y que haces todo! ¡Todo poder! ¡Divina Providencia que gobiernas todo! ¡Justicia! ¡Bondad! ¡Misericordia! ¡Belleza! ¡Gloria! ¡Felicidad! ¡Plenitud de bienes, de alegría, de paz y de honor! ¡Divina voluntad que haces todo lo que te agrada, en el cielo y en la tierra! ¡Amor! ¡Caridad! ¡Divina suficiencia por la que mi Dios es suficiente para sí mismo de tal manera que el mismo Jesucristo dice a su Padre: Dije al Señor, tú eres mi Dios, tanto que no tienes qué hacer con mis bienes!40 ¡Divina vigilancia, que eres el ojo del poder, de la misericordia y de la justicia de mi Dios! ¡Qué pensamientos, designios, qué afectos! ¡Divinas operaciones de Dios en sí mismo! ¡Vida infinitamente feliz y gloriosa de mi Dios! ¡Divina soberanía, que puedes disponer de todas las cosas como te place, sin que nadie te pueda preguntar por qué actúas así! ¡Dios grande, yo adoro en ti, con Jesucristo y por Jesucristo a tu Hijo, en unión de todas las adoraciones, alabanzas y bendiciones que te da por sí mismo y a través de todos sus miembros; adoro, digo yo, todas estas grandezas y perfecciones, y todas las demás innumerables e inconcebibles que desconozco! ¡Te adoro, te alabo, te glorifico y te amo por todo lo que tú eres! ¡Cuánta alegría para mi corazón verte tan grande y lleno de toda clase de bienes y de excelencias! ¡Ciertamente, Dios mío, si yo tuviera todas esas grandezas y si tú no las tuvieras, me despojaría de esto para que tú te revistieras de ellas!” II Consideremos lo que las tres divinas personas son y hacen unas respecto a otras. El Padre comunica sin cesar a su Hijo su ser, su vida, todas sus perfecciones, su gloria, su felicidad, todos sus bienes y todos sus tesoros. El Hijo refiere sin cesar a su Padre, como a su origen, todo lo que ha recibido de él, y en un estado perpetuo de relación, de gloria y de alabanza a su Padre. El Padre y el Hijo dan y comunican al Espíritu Santo todo lo que son, todo lo que tienen, todo lo que pueden y todo lo que saben. El Espíritu Santo está refiriendo constantemente al Padre y al Hijo, como a su principio, todo lo que recibe de ellos. 40 “Dixi Domino: Deus meus es tu, quoniam bonorum meorum non eges.” Sal 14,2 según la Vulgata. 47 Octavo coloquiio Obligaciones íntimas de servir, honrar, amar, e imitar a Dios, por todo lo que él es en sí mismo Y estas divinas comunicaciones, procesiones y relaciones: comunicaciones del Padre al Hijo, del Padre y del Hijo al Espíritu Santo. Procesiones del Hijo que procede de su Padre, y del Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo. Rela- ciones del Padre al Hijo, del Hijo al Padre. Del Padre y del Hijo al Espíritu Santo, del Espíritu Santo al Padre y al Hijo, son eternas, continuas e inmensas, pues llenan el cielo y la tierra. Como consecuencia de estas divinas comunicaciones y procesiones, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen una misma esencia y divinidad, viven de una misma vida, tienen un mismo poder, sabiduría, bondad y santidad, y son una unidad y sociedad perfecta. Estas tres divinas personas están en una mirada mutua y continua, y en una ocu- pación y ejercicio perpetuo de alabanza, de amor y de glorificación unas a otras. “Santísima Trinidad, te adoro, te bendigo y te glorifico en todas tus cosas. Me uno y me sumo a todo el amor y a todas las alabanzas que sus divinas Personas se dan las unas a la otras. Te ofrezco toda la gloria que tienes en ti mismo y, con toda la santa Iglesia te doy infinitas gracias: Gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam 41. Te damos gracias infinitas, Padre eterno, por la divina generación de tu Hijo eterno. Te doy gracias infinitas, Padre divino, Hijo único del Padre, por la producción de su Espíritu Santo en unidad de principio. Les doy gracias, Padre, Hijo, Espíritu Santo, por el amor, la gloria y las alabanzas mutuas que ustedes se dan el uno al otro. Dios mío, Padre mío, que me alegre al ver que tu Hijo y tu Espíritu Santo te aman desde toda la eternidad y hasta toda la eternidad, con un amor y una alabanza proporcionada a tu grandeza. Hijo único de Dios, que mi alma se alegre al ver el amor y la gloria infinita que recibes de tu Padre y de tu Espíritu Santo. Espíritu Santo, qué alegría tiene mi corazón al ver el amor y las bendiciones que incesantemente te son dadas por el Padre y por el Hijo. Divina comunidad, unidad, sociedad, amor, vida de las tres Personas eternas, qué regocijo, qué júbilo, qué felicidad para mí, saber que estás colmada de una gloria indecible, de una felicidad inconcebible, y de una infinidad de bienes, y de saber, en fin, que tú eres Dios, y un solo Dios que vive y reina por los siglos de los siglos. Jubilate Deo, omnis terra; servite Domino in laetitia. Introite in conspectu ejus in 41 “Te damos gracias por tu inmensa gloria.” (Gloria) 48 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu exultatione. SCITOTE QUONIAM DOMINUS IPSE EST DEUS 42: “Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con aclamacio- nes y sepan que el Señor es Dios.” III Todas las perfecciones de la divina esencia, y todas las maravillas que existen en las tres Personas eternas, son otras tantas obligaciones, todas infinitas, que tenemos de servir, de honrar y de amar a un Dios tan grande y tan admirable, y su menor perfección, si hay alguna perfección menor, merece adoraciones, servicios y obediencias infinitas. ¿Qué honor exige de nosotros su bondad, su grandeza y majestad suprema? ¿Qué temor requiere su justicia formidable? ¿Qué obediencia se debe a su soberanía? ¿Qué pureza de corazón y de vida requiere su santidad en los que le sirven? Pero, ¿qué obligación tenemos con el Padre eterno, por el ser y la vida que da a su Hijo por su generación eterna? ¿Y al Padre y al Hijo por todo lo que dan al Espíritu Santo en su producción continua? Ciertamente, infinitamente más grande, que por la creación de cien mil mundos. ¿Cuánto le debemos al Padre terno, por el amor que da a su Hijo; y al Hijo por el amor que da a su Padre; y al Padre y al Hijo por el amor que dan al Espíritu Santo; y al Espíritu Santo por el amor que da al Padre y al Hijo; y a estas tres Personas divinas por las alabanzas y por la gloria que se dan desde toda la eternidad y por toda la eternidad las unas a las otras? Ciertamente les debemos infinitamente más servicio y obediencia por todas estas cosas, que por todas las gracias que hemos recibido y que podemos recibir de su infinita liberalidad, porque todos los inte- reses de estas tres Personas eternas, deben ser para nosotros más preciados pues los debemos amar infinitamente más que a nosotros mismos; entreguémonos, entonces a Dios par a servirlo y para honrarlo en todas las formas que él desea de nosotros. 42 “Aclamad al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, venid a Él con tantos de júbilo! Reconoced que el Señor es Dios.” Sal 99, 1-3 (traducción litúrgica). El texto está en mayúsculas en la edición de las Obras Completas de 1906. 49 Octavo coloquiio Obligaciones íntimas de servir, honrar, amar, e imitar a Dios, por todo lo que él es en sí mismo Ya que lo que él pide de nosotros especialmente es que lo imitemos, ya que él es nuestro ejemplo y que Jesucristo nos dice: Estote perfecti, sicut et Pater vester caelestis perfectus est43, “Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto”, y su Apóstol: Estote imitatores Dei 44, “Sean imitadores de Dios”, entreguémonos a él con un gran deseo de imitarlo en su santidad, en su pureza, en su caridad, en su misericordia, en su paciencia, su vigilancia, en su mansedumbre y en sus otras perfecciones; y pidamos que él mismo grabe en nuestra alma, una imagen y semejanza perfecta de la santidad de su vida y de sus divinas virtudes. ORACIÓN JACULATORIA: Gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam: “Por tu inmensa gloria te damos gracias.” 43 Mt 5, 48. 44 Ef 5,1. 51 Noveno coloquio Obligaciones con Dios como cristianos, y qué es ser cristianos I Ser cristiano es ser un niño de Dios y tener un mismo Padre con Jesucristo, su único Hijo: Dedit eis potestatem filios Dei fieri 45. Voy a mi Padre y Padre de ustedes, dice nuestro Señor 46. Miren cuánto amor nos tiene el Padre, que quiere que nos llamemos hijos de Dios y en verdad lo somos, dice san Juan 47. Por la creación, Dios es nuestro creador, nuestro principio, nuestra causa eficiente, nuestro rey, nuestro soberano, y nosotros somos su creatura, su obra, sus sujetos y sus servidores. Pero por nuestra regeneración y el nuevo nacimiento que se hace en el Bautismo, en el que recibimos un nuevo ser y una vida nueva totalmente divina, Dios es nuestro Padre y nosotros somos sus hijos, y podemos y debemos decirle: Pater noster, qui es in coelis. Después de esto: 1. Puesto que, por este nuevo nacimiento salimos del seno de Dios, nuestro Padre, también permanecemos siempre en él, y es necesario que nos lleve siempre en su regazo. En otras palabras, si se diera un momento en el que él no nos llevara, al mismo tiempo perderíamos el nuevo ser y la nueva vida 45 Jn 1, 12. 46 “Ascendo ad Patrem meum et Patrem vestrum.” Jn 20, 17. 47 “Videte qualem charitatem dedit nobis Pater, ut filii Dei nominemur et simus.”1 Jn 3, 1. 52 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu que recibimos de él en el bautismo. Así nos lo dice: Escúchame tú, a quien he llevado y llevaré siempre en mi seno y en mis entrañas 48. 2. Somos hermanos de Jesucristo, de su sangre y de su estirpe real y divina y entramos en su genealogía. Por esto, el cristiano, el hombre nuevo y la nueva creatura es una con Dios, no conoce otra genealogía sino la de Jesucristo, ni a otro Padre que a Dios: Et patrem nolite vocare vobis super terram 49. No conocemos a nadie, según la carne, dice san Pablo 50. Quod natum est ex Spiritu, spiritus est, dice Nuestro Señor 51, “Lo que nace del Espíritu es Espíritu.” 3. Somos coherederos del Hijo de Dios, y herederos de Dios. ¡Qué maravilla, qué dignidad, qué nobleza, qué grandeza la del cristiano! Videte qualem chari- tatem dedit nobis Pater ut filii Dei nominemur et simus 52. ¡Qué favor de Dios, el hacernos cristianos!, ¡Qué obligación tenemos con su bondad!, ¡Qué infeliz es el que reniega que Dios es su Padre y que quiere hacerse hijo del diablo! Esto lo hacen los que pecan mortalmente. A ellos les dice Dios: Vos ex patre diabolo estis, quia desideria patris vestri facitis53, “Ustedes son hijos del diablo porque hacen los deseos de su padre.” Humillémonos a la vista de nuestros pecados. Renunciemos a Satanás, entreguémonos con un deseo grande de vivir de ahora en adelante como verdaderos hijos de Dios, de no degenerar la nobleza de nuestro nacimiento, de no manchar nuestra genealogía, de no deshonrar a nuestro Padre. El hijo que es sabio es la gloria de su padre, y, se puede decir lo contrario, que quien no se comporta con sabiduría es la ignominia de su padre. 48 Cf. “Audite me, domus Jacob..., qui portamini a meo utero, qui gestamini a mea vulva. Usque ad senectam ego ipse et usque ad canos ego portabo.” Is 46, 3-4. 49 Mt 23, 9. 50 “Itaque nos ex hoc neminem novimus secundum carnem.” 2 Cor 5, 16. 51 Jn 3, 6. 52 1 Jn 3,1. 53 "Vos ex patre diabolo estis: et desideria patris vestri vultis facere." Jn 8, 44. 53 Noveno coloquio Obligaciones con Dios como cristianos, y qué es ser cristianos II Un cristiano es un miembro de Jesucristo: Nescitis quoniam corpora vestra membra sunt Christi? 54 Por esta razón tenemos una alianza y una unión con Jesucristo mucho más noble, y mucho más perfecta que la de los miembros de un cuerpo humano y natural con su cabeza. Por consiguiente: 1. Pertenecemos a Jesucristo como los miembros a su cabeza; 2. Tanto en su dependencia como en su conducta estamos como los miembros bajo la dependencia y bajo la conducta de su cabeza; 3. Somos uno solo con él como los miembros son uno solo con su cabeza. De este modo no hay que asombrarse, si nos asegura que su Padre nos ama a nosotros como lo ama a él: Dilexisti eos sicut et me dilexisti 55; que escribirá sobre nosotros un nombre nuevo: Scribam super eum nomen meum novum 56; que tendremos una misma morada con él, esto es, el seno de su Padre: Ubi sum ego, illic et minister meus erit 57; y que él nos hará sentar junto a él en su trono 58. ¡Qué bondad! ¡Qué amor! No se contenta con llamarnos amigos suyos, hermanos suyos, hijos suyos. Él quiere que seamos miembros suyos. Amémoslo, bendigámoslo y consideremos que esta cualidad nos obliga a vivir de la vida de nuestra cabeza, a continuar sobre la tierra la vida que nuestra cabeza ha llevado, y a continuar todas las virtudes que practicó. ¡Cómo nos hemos alejado de esta vida santa! ¡Qué horriblemente culpable es el que ha cometido un pecado mortal! Porque desmiembra a Jesucristo, le arranca uno de sus miembros para hacerlo miembro de Satanás. Detestemos nuestros crímenes. Entreguémonos a Jesucristo como miembros suyos y digámosle que, de ahora en adelante, vamos a vivir su vida. Sería algo monstruoso que un miembro viviera una vida distinta a la de su cabeza. San Gregorio de Nisa dice que el cristianismo es professio vitae Christi59, “es hacer profesión de vivir la vida de Cristo”. 54 1 Co 6,15. 55 Jn 17, 23. 56 Ap 3, 12. 57 Jn 12, 26. 58 "Qui vicerit, dabo ei sedere mecum in throno meo." Ap 3, 21. 59 Initio operis ad Harmonium, referencia precisada por san Juan Eudes en las ediciones de 1653 y 1666 de Vida y Reino. El texto es atribuido a san Gregorio de Nisa. Cf. coll. Padres de la fe, 040 – Escritos espirituales, ed. Migne-Cerf, 1990. 54 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu III Un cristiano es un templo del Espíritu Santo; san Pablo dice: ¿Acaso no saben que sus cuerpos son el templo del Espíritu Santo? 60 Puesto que somos hijos de Dios y somos uno con el Hijo de Dios, como los miembros con su cabezal, necesaria- mente debemos estar animados por el mismo espíritu. Por esto dice san Pablo: Porque ustedes son hijos de Dios, envió el Espíritu de su Hijo a sus corazones 61; y Quien no tiene el Espíritu de Jesucristo, no pertenece a Jesucristo62. De manera que se nos ha dado el Espíritu Santo para que sea el Espíritu de nuestro espíritu, el corazón de nuestro corazón, el alma de nuestra alma y para que esté siempre con nosotros y dentro de nosotros, no sólo como en su templo sino como en una parte de su cuerpo; esto es, en una parte del cuerpo de Jesucristo, que es el suyo, y que debe estar animado por él, puesto que los miembros y todas las partes del cuerpo deben estar animadas por el mismo espíritu que anima la cabeza. Si esto es así, ¿quién puede decir y quién puede pensar cuál es la excelencia de la religión cristiana?, ¿cuál es la dignidad de un cristiano, que es hijo de Dios, miem- bro de Jesucristo y animado por su Espíritu?, ¿cuál es la obligación que tenemos con Dios?, ¿cuál debe ser la santidad de nuestra vida?, ¿y qué culpable es el que peca mortalmente? En efecto, éste expulsa al Espíritu Santo de su templo para albergar el espíritu maligno; crucifica y mata dentro de sí a Jesucristo, y apaga su Espíritu, por el cual estaba vivo, para establecer y hacer vivir allí a su enemigo que es Satán. Todas estas verdades son muy sólidas e infalibles. Considerémoslas atentamente, ponderémoslas cuidadosamente y grabémoslas bien en nuestros corazones para decidirnos a bendecir y a amar a Dios por las obligaciones infinitas que tenemos con él por habernos hecho cristianos. Despreciemos nuestras ingra- titudes y nuestros pecados pasados y, a partir de ahora, llevemos una vida digna de la perfección del Padre, pues somos sus hijos, de la santidad de la cabeza de la que somos sus miembros y de la pureza del Espíritu del que somos su cuerpo. ORACIÓN JACULATORIA: Pater noster qui es in caelis, fiat voluntas tua sicut in caelo et in terra.63 60 "An nescitis quoniam membra vestra templum sunt Spiritus sancti?" 1 Co 6, 19. 61 "Quoniam autem estis filii, misit Deus Spiritum Filii sui in corda vestra." Ga 4, 6. 62 "Si quis autem Spiritum Christi non habet, hic non est ejus." Rm 8, 9. 63 “Padre nuestro, que estás en el cielo, hágase tu voluntad así en el cielo como en la tierra.” 55 Décimo coloquio Cosas grandes y maravillosas que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, han realizado para hacernos cristianos I Dos grandes cosas, que incluyen muchas otras, fueron necesarias para hacernos cristianos. La primera, romper y destruir la desgraciada y des- preciable alianza que habíamos hecho con el diablo, por el pecado, por la que nos habíamos hechos sus esclavos, sus hijos y sus miembros. La segunda, reconciliarnos con Dios, del que éramos sus enemigos, y establecer una nueva alianza con él, más noble y estrecha que la que teníamos con el pecado. Para lograr estas dos cosas era necesario destruir nuestros pecados, librarnos del poder de Satán, purificar y lavar nuestras almas de las basuras de sus crímenes, y de revestirlas y decorarlas con las gracias y los dones convenientes a la cualidad de hijos de Dios y de miembros del Hijo de Dios. Con este objetivo consideremos, en primer lugar, lo que ha hecho el Padre eterno. Envió a su único y bienamado Hijo, que es su corazón, su amor, sus delicias, su tesoro, su gloria y su vida. Él lo envió, digo yo, y lo entregó. Pero, ¿dónde, a quién, y por qué lo envió y lo entregó? 56 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu 1. Lo envió a este mundo y a esta tierra de miseria y de maldición, esto es, a un lugar de tinieblas y de horror, de pecado y de tribulación. 2. Nos lo entregó, es decir, lo entregó a sus enemigos, a ingratos y pérfidos, a judíos, a Herodes, a Judas, a verdugos que lo ultrajaron, lo persiguieron, lo vendaron y lo crucificaron, y que todavía lo ultrajan, lo persiguen, lo vendan y lo crucifican todos los días. Por esta razón, al entregárnoslo, lo dio y lo entregó a los tormentos de la cruz y de la muerte. Sic Deus dilexit mundum, ut Filium suum unigenitum daret 64. 3. Lo envió y lo entregó ¿para qué? Para librarnos de la tiranía del pecado y del diablo; para lavar nuestras almas con su sangre; para adornarnos con su gracia; para que sea nuestra redención, nuestra reparación, nuestra purifica- ción, nuestra justificación, nuestra santificación, y para hacernos pasar, por este medio, de la situación horrible de esclavos, de hijos y de miembros de Satán, a la dignidad admirable de amigos y de hijos de Dios, y de hermanos y miembros de Jesucristo. San Agustín exclama: “¡Qué bondad inefable!65 ¡Qué misericordia incomparable! ¡No éramos dignos de ser esclavos de Dios y, ahora nosotros estamos en el número de sus hijos!” Padre bueno y amable ¿qué te daremos por el don infinito que nos hiciste, al entregarnos lo más querido y lo más precioso para ti, esto es, tu Hijo único? Te ofrecemos este mismo Hijo en acción de gracias. Y junto a esta oblación, nos ofrecemos, nos entregamos, nos consagramos y nos sacrificamos total e irrevocablemente a ti. Tómanos y poséenos perfectamente y para siempre. 64 Jn 3, 16. 65 “Magna benevolentia! Magna misericordia!... Unicum (Filium) quem genuerat... misit in hunc mundum, ut non esset unus, sed fratres haberet adoptatos. Non enim nos nati sumus de Deo, quomodo ille Unigenitus, sed adoptati per gratiam ipsius. Ille enim venit Unigenitus salvere peccata, quibus peccatis implicabamur, ne adoptaret nos propter impedimentum eorum: quos sibi fratres facere volebat, ipse solvit et fecit cohaeredes.” “¡Qué gran benevolencia! ¡Qué gran misericordia! … Él envió a este mundo al Hijo único que había engendrado, para que él no estuviera solo, sino que tuviera hermanos adoptivos. Porque nosotros no nacimos de Dios como este Hijo único, sino que nosotros fuimos adoptados por su gracia. Porque vino, el Hijo unigénito, para salvarnos de los pecados por los cuales estábamos atados; no sea que estos fueran obstáculo para nuestra adopción: aquellos que él quería hacer sus hermanos, él mismo los libró y lo hizo coherederos.” San Agustín, Homilías sobre el Evangelio de San Juan (1-16), Biblioteca Agustiniana 71 (BA), Instituto de Estudios Agustinianos (IEA), París, 1993. 57 Décimo coloquio Cosas grandes y maravillosas que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, han realizado para hacernos cristianos II En segundo lugar, para hacernos cristianos, el Hijo de Dios salió del seno del Padre, y vino a este mundo, se hizo hombre y permaneció treinta y cuatro años en la tierra, contando desde el momento mismo de su Encarnación. Durante estos treinta y cuatro años ¡cuántos misterios y cuántas cosas grandes realizó! ¡Cuán- tas cosas extrañas sufrió! ¡Cuántas confusiones, oprobios y tormentos soportó! ¡Cuántas lágrimas y sangre derramó! ¡Por cuántos ayunos, vigilias, trabajos, fati- gas, desánimos, amarguras, angustias y suplicios pasó! Y todo esto por hacernos cristianos, esto es, hijos de Dios y miembros suyos. Dios mío, tu empleaste sólo seis días a lo sumo para crear el mundo, y un momento para formar al hombre, pero para hacer al cristiano empleaste treinta y cuatro años, treinta y cuatro años de una vida llena de trabajo y de sufrimientos inenarrables. Para lo primero sola- mente usaste unas palabras, pero para lo segundo te costó toda tu sangre y tu vida con una infinidad de dolores. Si tengo tantas obligaciones de servirte porque me has creado ¿qué obligado estoy a hacerlo porque me has reparado? Si me debo todo a ti porque me has dado el ser y la vida por la creación ¿qué te debo porque tú mismo te entregaste a mí por tu Encarnación, y para ser sacrificado por mí en la cruz? Salvador mío, ¡por lo menos yo soy todo para ti, a pesar de que soy tan poca cosa! Que ya yo no viva sino para amarte, servirte y honrarte, y para hacerte amar y honrar de todas las maneras que me sean posibles. III En tercer lugar, el Espíritu Santo también se dedicó a hacernos cristianos. Porque formó en las sagradas entrañas de la Santísima Virgen a quien es nuestro Reden- tor, nuestro Reparador y nuestra cabeza. Él lo animó y condujo en todo lo que pensó, dijo, hizo y sufrió, y en el sacrificio de sí mismo que ofreció en la cruz para hacernos cristianos: Per Spiritum sanctum semetipsum obtulit 66. Después de que nuestro Señor subió al cielo, el Espíritu Santo vino a este mundo para formar y establecer el cuerpo de Jesucristo, que es su Iglesia, y para aplicarle el fruto de su vida, de su sangre, de su pasión y de su muerte. Sin esto, hubiera sido en vano el que nuestro Señor Jesucristo hubiera sufrido y hubiera muerto. Además, el 66 Hb 9, 14. 58 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu Espíritu Santo vino en nuestro Bautismo para formar a Jesucristo en nosotros, y para incorporarnos, hacernos nacer y hacernos vivir en él, para aplicarnos los efectos de su sangre y de su muerte, y para animarnos, inspirarnos, impulsarnos y conducirnos en todo lo que tenemos que pensar, decir, hacer y sufrir cristiana- mente y para Dios. De tal manera que no podemos pronunciar el santo Nombre de Jesús como es debido y no somos capaces de tener un buen pensamiento sino por el Espíritu Santo67. ¡Qué grandes y maravillosas cosas han hecho el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo para hacernos cristianos! ¡Hay que decir que ser cristiano es una cosa bien mara- villosa! Bienaventurado san Juan que tiene razón al decir, hablando en nombre de todos los cristianos: Mundus non novit nos 68, “El mundo no nos conoció” ¡Cuántas obligaciones tenemos de bendecir y amar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, al vernos llamados y elevados a la dignidad de cristianos! ¡Cómo debe ser nuestra vida! Debe ser totalmente santa, totalmente divina, totalmente espiritual porque nuestro Señor nos ha dicho que lo que nace del Espíritu, es espíritu: Quod natum est ex Spiritu, spiritus est 69. Espíritu divino, me entrego totalmente a ti. Poséeme y dirígeme en todas las cosas, y haz que yo viva como hijo de Dios, como miembro de Jesucristo, y como algo que nace de ti: Quod natum est ex Spiritu, spiritus est, y por tanto, es tuyo, y debe ser poseído, animado y conducido por ti. ORACIÓN JACULATORIA: Confiteantur Domino misericordiae ejus: et mirabi- lia ejus filiis hominum70: “Que todas las misericordias de Dios con los hijos de los hombres, y todas las maravillas que ha hecho por ellos, lo bendigan eternamente.” 67 Cf. “Nemo potest dicere Dominus Jesus, nisi in Spiritu sancto. »1 Co 12, 3 et « Non quod sufficientes simus cogitare aliquid a nobis, quasi ex nobis, sed sufficientia nostra ex Deo est” 2 Co 3, 5. 68 1 Jn 3,1. 69 Jn 3 6. 70 Sal 106,8. 59 Undécimo coloquio Por el bautismo fuimos hechos cristianos I El Bautismo es una nueva creación, por esta razón el cristiano es llamado nova creatura71 en las Santas Escrituras: segunda creación del hombre, de quien la primera es sólo la sombra y la figura. Por la primera creación, Dios nos sacó de la nada; y por la segunda nos sacó de la nada del pecado, nada muy diferente de la primera. La primera no se opone al poder de Dios, pero la segunda le opone resistencia infinitamente por su malicia infinita. Cuando él nos creó en Jesucristo, como afirma san Pablo: creati in Christo72, es decir, cuando nos dio un nuevo ser y una nueva vida en Jesucristo por el Bautismo, nos encontró en la nada del pecado y en un estado de enemistad, de oposición y de contrariedad con relación a él. Pero superó nuestra malicia por su bondad y por su poder infinito. Por la primera creación Dios nos dio un ser humano, enfermo, frágil y funesto, pero por la segunda nos dio un ser celestial y divino. Por la primera nos hizo a su imagen y semejanza; por la segunda reparó su ima- gen73, que el pecado había borrado en nosotros, y la imprimió de una manera 71 2 Co 5,17; Ga 6,15. 72 Ef 2, 10. 73 “Imago Dei potest tripliciter considerari in homine: uno quidem modo, secundum quod homo habet aptitudinem nuturalem ad intelligendum et amandum Deum ; et haec aptitudo consistit in ipsa natura mentis, quae est communis omnibus hominibus. Alio modo, secundum quod homo actu vel habitu Deum cognoscit et amat, sed tamen imperfecte; et haec est imago per conformitatem gratiae. Tertio modo, secundum quod homo Deum actu cognoscit et amat perfecte; et sic attenditur imago secundum similitudinem gloriae. Unde super illud Ps. IV, 7 : Signatum est super nos lumen vultus tui, Domine. Glossa ordinaria distinguit triplicem imaginem, scilicet creationis (seu naturae), et recreationis (seu 60 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu mucho más noble y excelente, como no lo había sido antes del pecado, pues nos hizo partícipes de su naturaleza divina en un grado muy eminente: Divinae consortes naturae74. Por la primera creación Dios colocó al hombre en este mundo visible, que Dios hizo al comienzo de los siglos, pero por la segunda, colocó al cristiano en un mundo nuevo. ¿Cuál es este mundo nuevo? ¿Cuál es el mundo del cristiano? Es Dios con todas sus perfecciones, es el regazo de Dios, es Jesucristo Hombre-Dios, considerado en sí mismo, en su vida, en sus misterios, y considerado también en su cuerpo, que es la Iglesia triunfante, militante y sufriente. Este es el mundo de la nueva creatura, muy diferente del primer mundo de la primera creatura. El primer mundo es un mundo de tinieblas, de pecado y de maldición: Totus mundus in maligno positus est75; pero el segundo es un mundo de gracia, de san- tidad y de bendición, en el que hay una infinidad de cosas infinitamente bellas, deliciosas y agradables. Porque hay muchas cosas hermosas y admirables en Dios, en las perfecciones de Dios, en la santidad de Dios, en la eternidad de Dios, en la inmensidad de Dios, en su gloria, en su felicidad, en sus tesoros, en la vida temporal de Jesucristo y en todos los misterios, acciones, sufrimientos y virtudes de su vida temporal, en su vida gloriosa e inmortal, en su Iglesia, y en la vida de todos los santos. En el mundo de Adán hay cielos, astros, elementos. En el mundo del cristiano el cielo es Dios y el regazo de Dios; el sol es Jesús, la luna es María, los astros y las estrellas son los santos, la tierra es la humanidad sagrada de Jesús, el agua es la gracia cristiana, el aire es el Espíritu Santo, el fuego es el amor y la caridad, el pan que allí se come es el cuerpo de Jesucristo, el vino que se bebe es su sangre, las ropas de las que están revestidos es Jesucristo: Quicumque enim in Christo baptizati estis, Christum induistis76. No hay pobres ni plebeyos en el mundo del cristiano. Todos los verdaderos cristianos son infinitamente ricos: Omnia vestra sunt77. Todos son nobles, todos príncipes y todos reyes, gratiae), et similitudinis (seu gloriae). » Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, prima pars, q. 93, art. 4, respondeo dicendum. 74 “Partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1, 4) 75 “Todo el mundo está puesto en el maligno.” 1 Jn 5, 19. 76 “Los que han sido bautizados, han sido revestidos de Cristo.” Gal 3, 27. 77 “Todo es de ustedes.” 1 Co 3, 22. 61 Undécimo coloquio Por el bautismo fuimos hechos cristianos Hizo del mundo de Adán, todo podrido por su corrupción y por la hediondez del pecado. Dejémoselo a los hijos de este mundo y entreguemos todo nuestro corazón a nuestro mundo. Salgamos del mundo de Adán y entremos en el mundo de Jesucristo. Todos los que pertenecen a Jesucristo no son del mundo del hombre viejo, como tampoco Jesucristo lo es: De mundo non sunt, ce dit-il, sicut et ego non sum de mundo78. En nuestro mundo encontramos las verdaderas riquezas, honores y placeres. Los hijos del mundo ponen todo su placer en ver las cosas de su mundo y en hablar y escuchar hablar de ellas: De mundo sunt, ideo de mundo loquuntur79. También nosotros debemos poner toda nuestra alegría en considerar, en hablar, en oír hablar de las maravillas y de las noticias de nuestro mundo que son mucho más agradables que las noticias del mundo del pecador: Narraverunt mihi fabulationes, sed non ut lex tua80. En fin, debemos estar muertos al mundo de Adán para vivir solamente en nuestro mundo y de la vida de nuestro mundo, que es Dios y Jesucristo Nuestro Señor. Estamos en él como una parte de él mismo, que, por consiguiente, debe estar animada por su espíritu y vivir de su vida. Esta muerte y esta vida están expresadas en las palabras de san Pablo: Ustedes están muertos y su vida está escondida con Jesucristo en Dios81. Entreguémonos a Dios para estar dentro de sus sentimientos. Pidámosle encarecidamente que podamos obtener sus efectos y que grabe en nuestro corazón un gran desprecio y aversión hacia el mundo de Adán y un gran aprecio y amor por nuestro mundo. 78 “No son del mundo, dice, como tampoco yo soy del mundo.” Jn 17, 16 79 “Son del mundo, por consiguiente, hablan del mundo” 1 Jn 4, 5. 80 Sal 118, 85 según la Vulgata. Según la traducción litúrgica del verso 86: “Todos tus mandatos son fidelidad; mentira son mis perseguidores” 81 “Mortui estis, et vita vestra est abscondita cum Christo in Deo.” Col 3, 3. 62 Coloquios interiores del alma cristiana con su Dios Entretiens intérieurs de l’âme chrétienne avec son Dieu II El Bautismo es llamado, en la sagrada Escritura, regeneración y renacimiento: Per lavarum regenerationis 82. Nisi quis renatus fuerit ex aqua et Spiritu sancto 83; generación y nacimiento, que tiene como ejemplar y prototipo la generación y el nacimiento eterno del Hijo de Dios en el seno de su Padre, y su generación y nacimiento temporal en el seno virginal de su madre. Como en la generación temporal del Hijo de Dios, su Padre le da un nuevo ser y una nueva vida y todas sus perfecciones divinas; así en nuestro Bautismo este mismo Padre nos da, por medio de su Hijo y en su Hijo, un ser y una vida totalmente santa y divina. Y como en la generación temporal del Hijo de Dios, su Padre le da un nuevo ser y una nieva vida, pero una vida que, aunque totalmente santa y divina, está, sin embargo, revestida de mortalidad, de pasibilidad y de todas las miserias de la vida humana que le son inherentes. Por otra parte, como el Espíritu Santo ha sido enviado para formar al Hijo de Dios en las sagradas entrañas de la Bienaventurada Virgen, también ha sido enviado para formarlo y para hacerlo vivir, por el Bautismo, en el seno de nuestra alma, y para incorporarnos y unirnos a él, y hacernos nacer y vivir en él: Nisi quis renatus fuerit ex aqua et Spiritu sancto. Com